La “caseta del guarda” se reconstruyó con calma, como requería el lugar y su historia. Inmersa en un espeso bosque de encinas y pinos sirvió, a mediados del siglo XIX, como refugio de un guardabosques. A finales del pasado siglo se convirtió en espacio de ocio para una acomodada piara de cerdos para más tarde ser escenario de mis propias aventuras de adolescente.
La reconstrucción comenzó paralelamente a mis estudios de arquitectura siendo lugar de aplicación empírica de mis dudas como universitario. La obra se dilató en el tiempo lo innombrable ya que sólo se trabajaba en las vacaciones estivales, se ponderaba cada decisión y se escuchaba cada consejo de payeses y campesinos de la zona. Se utilizó energía solar para la alimentación eléctrica, antiguas vigas de “pino de pitea” para la confección del pavimento interior, se reciclaron tableros de encofrar para pavimentar los exteriores, se encaló la casa, se aceitaron las vigas, se conservó su sistema de desagüe y su cisterna en forma de pera. La carpintería interior se realizó cual escultura, tallada y confeccionada con las manos de queridos artesanos. Las ventanas, mínimas estructuras de hierro pintado y vidrio pretenden desaparecer para enfatizar la masividad de los muros de “pedra i morter”, la pérgola se separa educadamente de la estructura, permanece exenta.
La caseta, aún hoy cambia, se habita, se modifica : siempre habrá una viga que aceitar, un tablero que reparar, una barbacoa que disfrutar.

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